Después de 35 años, La Posada de Babel  se cierra definitivamente. Ahora va a ser el hogar de una familia, y ellos son los únicos que disfrutarán de toda la calma y la belleza del lugar. 

Han sido unos años de encontrarnos con gente maravillosa como tú y ahora nos toca descansar. Muchas gracias a los que nos habéis apoyado todo este tiempo y un fuerte abrazo.

Blanca y Lucas

Queridos Blanca y Lucas:

Durante unas vacaciones en el norte de España, Luc Blanc, un joven neurólogo francés, se hospedó en un hotel de un pueblecito asturiano llamado La Posada de Babel.

Tanto le gustó el establecimiento que empezó a frecuentarlo todos los veranos. Al cabo de unos años se integró en un simpático grupo de personas, amigas de los dueños del hotel.

Éstos eran unos pirados de cuenta, a quienas poco austaba la ruina y mucho la rutira. Por eso mezclaban en sus fiestas a amigos y clientes, a vecinos y parientes, escritores y artistas, cineastas y médicos, arquitectos y músicos, diseñadores y chupatintas, bailarines y fotógrafos, e incluso a algún equilibrista…

Todos se mezclaban en desorden. Aunque ninguno hablaba el mismo idioma, descubrieron que mientras estaban juntos en aquel lugar, no sólo hablaban y entendían lenguas extrañas, sino que hacían y decían cosas diferentes, más originales, más sinceras. Los que frecuentaban aquel hotel amaban de otra manera, se escuchaban mejor, aprendieron a pulsar las emociones de cada uno, reían con otro sentido del humor, bailaban más desinhibidos, se divertían mejor y comprendían sin preguntar.

Habían dado la vuelta al mito de la Torre de Babel, aquella maldición biblica que dios (en minúscula) mandó a los hombres para confundirles haciéndoles hablar lenguas diferentes, y transformaron aquel desbarajuste en una oportunidad para conocerse mejor y disfrutar de lo mejor de cada uno.

A partir de entonces, Luc Blanc se puso a investigar y descubrió que la mente humana opera con dos sistemas de pensamiento: uno basado en la intuición o razonamiento asociativo, automático y basado en prejuicios, que se origina en los hábitos adquiridos y provoca comportamientos cuya inercia es difícil de modificar; el otro, es un sistema más lento y deliberativo, pero más creativo y satisfactorio, sin que tampoco pueda ser controlado del todo. Aunque se prefiere pensar lo contrario, el cerebo, para minimizar la energía utilizada, tiende a delegar gran parte de las (no) decisiones en el primer sistema, y se olvida de su creatividad, cayendo en la rutina y el aburrimiento.

Este científico descubrió, observando a las babelitas, que esa peculiar modalidad de plurilingüismo les hacía pensar de un forma más feliz, porque se activaba en el cerebro el segundo sistema. No tenian que tomar ninguna decisión pero no se dejaban llevar por las inercias adquiridas ni por las ideas recibidas, sino por un torrente extraño de nuevas relaciones. Esta experiencia adaptativa a otros lenguajes les permitía adquirir parte de la riqueza cultural de los demás.

Así se conocieron y quisieron docenas de seres extraños que coincidieron en esa nueva Babel.

Cuando Blanc investigó los mecanismos cerebrales de aguel fenómeno y publicó sus rusultados, en la “Fédération Intenational de Éblovisement” le otorgó el premio Charcot de neurología. Para aceptar el premio sólo puso una condición: todos los miembros de la federación debían trastaladarse para el acto de entrega al hotel que originó su descubrimiento.

Al enterarse de que habian cerrado la Posada, los organizadores decideron posponer la celebración y buscar, uno a uno, a los miembros de aquella comunidad altrista y confiada, pues estaban convencidos que ese sería el único legado posible para las siguientes generaciones de científicos que investigaran las disciplinas de la mente humana.

Todavía vagan por el mundo, entregados a las inclemencias del sol y los inviernos, buscando a los miembros de la única comunidad humana en la historia que había descubierto el secreto de la felicidad, aunque fuera aleatoria e intermitente.

Mientras tanto, Luc Blane sonríe para rus adentros y mantiene el contacto epistolar con una parte de sus compañeros, recordando sus reuniones y esperando el único premio que le merecerá la pena: el reencuentro. Adios queridos, ¡Buen viaje!

P.